TOLERANCIA Y
RESPONSABILIDAD INTELECTUAL
KARL POPPER
(Robado de Jenófanes y de Voltaire)
Me han pedido que repita aquí hoy una conferencia
que ofrecí en Tübingen, sobre el tema «Tolerancia y Responsabilidad
Intelectual». La conferencia está dedicada a la memoria de Leopold Lucas, un
estudioso, historiador, hombre de tolerancia y humanidad que llegó a ser
víctima de intolerancia e inhumanidad.
En diciembre de 1942, a los setenta años de
edad, el doctor Leopold Lucas y su esposa fueron internados en el campo de
concentración de Theresienstadt, donde ofició de rabino, una tarea inmensamente
difícil. El doctor Lucas falleció allí diez meses después. Dora Lucas, su
esposa, estuvo recluida en Theresienstadt otros trece meses, pero pudo trabajar
de enfermera. En octubre de 1944 fue deportada a Polonia, junto a otros 18.000
presos. Allí fue ejecutada.
Fue un destino terrible, y fue el destino de
innumerables seres humanos; personas que amaban a otras personas, que
intentaban ayudar a los demás; que eran queridas por otras personas y a las que
otros intentaron ayudar. Pertenecían a familias que fueron desmembradas,
destruidas y exterminadas.
No es mi intención hablar aquí de estos pavorosos
acontecimientos. Todo lo que uno pueda intentar decir –o incluso pensar— parece
siempre un intento por empequeñecer unos hechos difíciles de imaginar.
Capítulo
I
Pero el horror continúa. Los refugiados de
Vietnam, las víctimas de Pol Pot
en Camboya, las víctimas de la revolución en el
Irán; los refugiados de Afganistán y los refugiados árabes de Israel; una y
otra vez, niños, mujeres y hombres se convierten en víctimas de fanáticos
enloquecidos.
¿Qué podemos hacer para evitar estos
acontecimientos monstruosos?
¿Podemos hacer algo?
Mi respuesta es que sí. Creo que es mucho lo que
nosotros podemos hacer. Cuando digo «nosotros» me refiero a los intelectuales,
a seres humanos interesados en las ideas; en especial a los que leen y, en
ocasiones, escriben.
¿Por qué creo que nosotros, los intelectuales,
podemos ayudar? Sencillamente porque nosotros, los intelectuales, hemos hecho
el más terrible daño durante miles de años. Los asesinatos en masa en nombre de
una idea, de una doctrina, una teoría o una religión fueron obra nuestra,
invención nuestra, de los intelectuales. Sólo con que consiguiésemos dejar de
enfrentar a unos hombres con otros –a menudo con las mejores intenciones—
ganaríamos mucho. Nadie puede decir que no podemos dejar de hacerlo.
El más importante de los Diez Mandamientos es el
de «No matarás».
Contiene casi toda la ética. La forma en que, por
ejemplo, Schopenhauer formula la ética no es más que una extensión de este
mandamiento, el más importante. La ética de Schopenhauer es sencilla, directa y
clara. Dice así: No hagas daño a nadie, sino ayuda a todos, siempre que puedas.
Pero, ¿qué sucedió cuando Moisés descendió por vez
primera con las tablas de piedra del Monte Sinaí, antes de que pudiese incluso
anunciar los Diez Mandamientos? Había sido testigo de una horrible herejía, la
herejía del becerro de oro. En este momento se olvidó por completo del
mandamiento «No matarás», y exclamó:
(Éxodo,
32):
“¿Quién está del lado del Señor? Quien lo esté,
únase conmigo... Y les dijo: “Así habla Yahvé, Dios de Israel; cíñase cada uno
su espada sobre su muslo... pasad y repasad el campamento de la una a la otra
puerta y mate cada uno a su hermano, a su amigo, a su deudo...”
Y perecieron aquel día unos tres mil del pueblo»
(1)
Quizás éste fue el comienzo. Pero lo cierto es que
las cosas siguieron yendo así, en la Tierra Santa, y luego en Occidente. Y
especialmente en
Occidente, después que el cristianismo hubiese
alcanzado el estatus de religión oficial. Se convirtió en una historia terrible
de persecución religiosa, persecución en aras de la ortodoxia. Más tarde –sobre
todo en los siglos XVII y XVIII— otras ideologías compitieron en la
justificación de la persecución, la crueldad y el terror: el nacionalismo, la
raza, la ortodoxia política y otras religiones.
Tras las ideas de ortodoxia y herejía están
ocultos hasta los vicios más insignificantes, vicios a los que son
especialmente propensos los intelectuales: arrogancia, autosatisfacción rayana
en el dogmatismo, vanidad inetelectual. Todos estos vicios son pequeños, y no
mayores como la crueldad.
Capítulo
II
El título de mi conferencia «Tolerancia y
Responsabilidad Intelectual», alude a un argumento de Voltaire, el padre de la
Ilustración, un argumento en defensa de la tolerancia. Voltaire se pregunta
«¿Qué es la tolerancia?», y responde (traduzco libremente):
Tolerancia es la consecuencia necesaria de
constatar nuestra falibilidad humana: errar es humano, y algo que hacemos a
cada paso. Perdonémonos pues nuestras mutuas insensateces. Éste es el primer
principio del derecho natural.
Aquí Voltaire apela a nuestra honestidad
intelectual: debemos admitir nuestros errores, nuestra falibilidad, nuestra
ignorancia.
Voltaire sabe bien que existen fanáticos
totalmente convencidos. Pero, ¿es verdaderamente sincera su convicción? ¿Se han
examinado honestamente a sí mismos, sus creencias y las razones para
mantenerlas? ¿No es la actitud autocrítica parte de la honestidad intelectual?
¿No es a menudo el fanatismo un intento de sofocar nuestra propia incredulidad
no admitida que hemos reprimido, y de la cual somos por tanto sólo medio conscientes?
La apelación de Voltaire a nuestra modestia
intelectual y sobre todo su apelación a nuestra honestidad intelectual causaron
una gran impresión en los intelectuales de la época. Yo desearía reiterar hoy
aquí esta apelación.
La razón aducida por Voltaire en apoyo de la
tolerancia es que todos hemos de perdonarnos mutuamente las insensateces. Pero
para Voltaire –y con razón—, hay una insensatez, la intolerancia, difícil de
tolerar. En realidad, es aquí donde encuentra su límite la tolerancia. Si
concedemos a la intolerancia el derecho a ser tolerada, destruimos la
tolerancia, y el Estado constitucional. Éste fue el destino de la República de
Weimar.
Pero además de la intolerancia, hay otras
insensateces que no debemos tolerar; ante todo, la insensatez que lleva al
intelectual a seguir la última moda; una insensatez que ha llevado a muchos a
adoptar un estilo oscuro, impresionante, aquel estilo críptico que Goethe
criticó de forma tan devastadora en el Fausto (por ejemplo, la tabla de multiplicar
de la bruja). Los intelectuales deberían dejar de admirar –y tolerar— ese
estilo, el estilo de las palabras grandes y oscuras, palabras rimbombantes e
incomprensibles. Es una irresponsabilidad intelectual, que socava el sentido
común y destruye la razón. Esto es lo que hace posible la filosofía que se ha
denominado relativismo; una filosofía consistente en la tesis de que todas las
tesis son más o menos igualmente defendibles desde el punto de vista
intelectual. ¡Vale todo! La tesis del relativismo lleva así a la anarquía, a la
ilegalidad, y al imperio de la violencia.
El tema de mi conferencia, la y la responsabilidad
intelectual, me ha llevado así a la cuestión del relativismo.
En este punto desearía comparar el relativismo con
una posición que casi siempre se confunde con él, pero de hecho es totalmente
diferente. A menudo he denominado a esta posición pluralismo; pero esto no ha
hecho más que causar equívocos. Por ello, la voy a denominar aquí pluralismo
crítico. Mientras que el relativismo, que parte de una forma laxa de
tolerancia, conduce al imperio de la violencia, el pluralismo crítico puede
contribuir a domesticar la violencia.
El relativismo es la posición según la cual puede
afirmarse todo, o prácticamente todo, y por lo tanto, nada. Todo es verdad, o
bien nada. La verdad es por lo tanto un concepto carente de significado.
El pluralismo crítico es la posición según la cual
debe permitirse la competencia de todas las teorías –cuantas más, mejor— en
aras de la búsqueda de la verdad. Esta competencia consiste en la discusión
racional de las teorías y en su examen crítico. La discusión debe ser racional,
lo cual significa que debe tener que ver con la verdad de las teorías en
concurrencia: será mejor la teoría que, en el curso de la discusión crítica,
parece estar más cerca de la verdad; y la teoría mejor es la que sustituye a
las teorías inferiores. Por eso, lo que está en juego es la cuestión de la
verdad.
Capítulo
III
La idea de verdad objetiva y la idea de búsqueda
de la verdad tienen aquí una importancia decisiva.
El primer pensador en desarrollar una teoría de la
verdad, y de vincular la idea de verdad objetiva a la idea de nuestra
falibilidad humana básica, fue el presocrático Jenófanes. Jenófanes nació el
571 antes de Cristo en Jonia, Asia Menor, y fue el primer griego en escribir
crítica literaria, el primer filósofo moral, el primero en desarrollar una
teoría crítica del conocimiento humano y el primer monoteísta especulativo.
Jenófanes fue el fundador de una tradición, una
forma de pensamiento, a la que han pertenecido, entre otros, Sócrates, Erasmo,
Montaigne, Locke, Hume, Voltaire y Lessing.
En ocasiones, se la denomina «escuela escéptica».
Sin embargo, esta denominación puede fácilmente inducir a equívocos. El Concise
Oxford Dictionary dice, por ejemplo: “Escéptico... persona que duda de la
verdad de... las doctrinas religiosas, agnóstico,... ateo; ... o que adopta
opiniones cínicas”. Pero la palabra griega de la que deriva el término
significa (según nos informa el Oxford Dictionary) «examinar», «indagar»,
«reflexionar», «buscar».
Entre los escépticos (en la acepción tradicional
del término) hubo sin duda muchas personas dubitativas y quizá también
desconfiadas, pero probablemente la iniciativa fatal de identificar los
términos «escéptico» y «dubitativo» fue una artera iniciativa de la escuela
estoica, que deseaba ridiculizar a sus rivales. En cualquier caso, los
escépticos Jenófanes, Sócrates, Erasmo, Montaigne, Locke, Voltaire y Lessing
fueron todos teístas o deístas. Lo que tienen en común todos los miembros de
esta tradición escéptica –incluido Nicolás de Cusa, un cardenal, y Erasmo de
Rotterdam— y que yo comparto con esta tradición, es el hecho de subrayar
nuestra ignorancia humana. Esto tiene unas importantes consecuencias éticas:
tolerancia, pero no tolerancia de la intolerancia, de la violencia o la
crueldad.
Jenófanes fue de profesión rapsoda. Fue discípulo
de Homero y Hesíodo, y criticó a ambos. Su crítica fue de tipo ético y
pedagógico. Se opuso a la información de Homero, según la cual los dioses
robaban, mentían y cometían adulterio, lo que le llevó a criticar la doctrina
homérica de los dioses. El resultado importante de esta crítica fue el
descubrimiento de lo que hoy se llamaría antropomorfismo: el descubrimiento de que
no había que tomarse en serio las narraciones griegas sobre los dioses, porque
representaban a los dioses como seres humanos. En este punto, puedo citar
algunos de los argumentos versificados de Jenófanes (en traducción mía, casi
literal ):
Los etíopes afirman que sus dioses tienen nariz
chata y piel negra, mientras que
los tracios dicen que los suyos son de ojos azules
y pelirrojos.
Pero si los bueyes, caballos o leones tuviesen
manos y pudiesen dibujar, y
esculpir como los hombres, los caballos dibujarían
a sus dioses como caballos, y
los bueyes como bueyes, y cada uno dibujaría los
cuerpos de los dioses a la
imagen y semejanza de su especie.
Jenófanes se planteó un problema con este
argumento; ¿cómo hemos de concebir a los dioses ante esta crítica del
antropomorfismo? Tenemos cuatro fragmentos que contienen una parte importante
de esta respuesta. La respuesta es monoteísta, aunque Jenófanes, como Lutero
cuando tradujo el primer Mandamiento, se refugia utilizando «dioses» en plural
en la formulación de su monoteísmo:
Un dios, uno sólo entre los dioses y entre los
hombres, es el más grande.
No se asemeja a los mortales ni por su cuerpo ni
por su pensamiento.
Siempre permanece inmóvil en un lugar, sin moverse
nunca.
Tampoco le es propio deambular, de aquí para allá.
Sin esfuerzo reina en soberano sobre todo, por su
mero pensamiento e intención.
Todo él ve, todo él piensa y todo él oye.
(3)
Éstos son los fragmentos que representan la
teología especulativa de
Jenófanes.
Está claro que esta teoría totalmente nueva fue
para Jenófanes la solución a un difícil problema. De hecho, fue para él la
solución al mayor de todos los problemas, el problema del Universo. Nadie que
sepa algo sobre la psicología del conocimiento puede dudar de que su creador debe
haber considerado esta nueva idea como una revelación.
A pesar de esto, dijo Jenófanes, de forma clara y
honesta, su teoría no era más que una mera conjetura. Esto fue una inigualable
victoria de la autocrítica, una victoria de su honestidad intelectual y de su
modestia.
Jenófanes generalizó esta autocrítica de una
manera que, según pienso, fue característica de él: le parecía claro que
aquello que había descubierto acerca de su propia teoría –que no era más que
conjetura a pesar de su fuerza de persuasión intuitiva— debía ser cierto de
todas las teorías humanas: todo es conjetura y sólo conjetura. Esto revela, en
mi opinión, que no le resultó fácil concebir su propia teoría como una
conjetura.
Jenófanes formuló su teoría crítica del
conocimiento –todo es conjetura– en seis hermosos versos:
Pero respecto a la verdad certera, nadie la
conoce,
Ni la conocerá; ni acerca de los dioses,
Ni sobre todas las cosas de las que hablo.
E incluso si por azar llegásemos a expresar
La verdad perfecta, no lo sabríamos:
Pues todo no es sino un entramado de conjeturas
.
Estos seis versos contienen algo más que una
teoría de la incertidumbre del conocimiento humano. Contienen una teoría del
conocimiento objetivo. Pues aquí Jenófanes nos dice que, si bien algo que digo
puede ser verdad, ni yo ni nadie sabrá que lo es. Sin embargo, esto significa
que la verdad es objetiva: la verdad es la correspondencia de lo que digo con
los hechos; tanto si en realidad sé o no sé que existe la correspondencia.
Además, estos seis versos contienen otra teoría
muy importante. Contienen una pista sobre la diferencia entre verdad objetiva y
certeza subjetiva del conocimiento. Los seis versos afirman que, aún cuando yo
proclamo la más perfecta verdad, no puedo saberlo con certeza. Pues no existe
un criterio infalible de verdad: nunca, o casi nunca, podemos estar seguros de
que no estamos equivocados.
Pero Jenófanes no era un pesimista epistemológico.
Era una indagador; y durante el curso de su larga vida consiguió, por medio del
examen crítico, mejorar muchas de sus conjeturas, y más especialmente sus
teorías científicas. Éstas son sus palabras:
Los dioses no nos revelaron, desde los inicios,
Todas las cosas; pero con el paso del tiempo,
Indagando, podemos aprender, y conocer mejor
las cosas.
Jenófanes también explica qué entiende por
«conocer mejor las cosas»: se trata de la aproximación a la verdad objetiva, la
aproximación a la verdad, la semejanza con la verdad. Así, de una de sus
conjeturas, afirma:
Estas cosas –podemos conjeturar– se parecen a la
verdad
.
Es posible que en este fragmento el término
«conjetura» aluda a la teoría monoteísta de la verdad de Jenófanes.
En la teoría de la verdad y del conocimiento
humano de Jenófanes podemos encontrar los siguientes elementos:
1. Nuestro conocimiento consiste en enunciados.
2. Los enunciados son verdaderos o falsos.
3. La verdad es objetiva. Es la correspondencia
del contenido de un enunciado con los hechos.
4. Incluso cuando expresamos la verdad más
perfecta, no podemos saberlo, es decir, no podemos saberlo de forma cierta.
5. Dado que, en el sentido usual del término,
«conocimiento» es «conocimiento cierto», no puede haber conocimiento. Sólo
puede haber conocimiento por conjetura: «Pues todo no es más que un entramado de
conjeturas».
6. Pero en nuestro conocimiento por conjetura
puede haber progreso hacia algo mejor.
7. Un conocimiento mejor es una mejor aproximación
a la verdad.
8. Pero siempre sigue siendo conocimiento por
conjetura, un entramado de conjeturas.
Para comprender la teoría de la verdad de
Jenófanes es importante subrayar que Jenófanes distingue claramente entre
verdad objetiva y certeza subjetiva. La verdad objetiva es la correspondencia
de un enunciado con los hechos, tanto si lo sabemos —lo sabemos con certeza—
como si no. Así, no hay que confundir la verdad con la certeza o con el
conocimiento objetivo. Quien sabe algo con certeza, conoce la verdad. Pero a
menudo sucede que alguien conjetura algo sin saberlo con certeza; y que su
conjetura es realmente verdadera, pues corresponde con los hechos. Jenófanes
deduce correctamente que existen muchas verdades –y verdades importantes— que
nadie conoce con certeza; y que hay muchas verdades que nadie puede conocer,
aún cuando alguno pueda tener una conjetura sobre ellas. Y deduce además que
existen verdades que nadie puede siquiera conjeturar.
En realidad, en cualquiera de los lenguajes en que
podemos hablar de la secuencia infinita de números naturales, existe una
variedad infinita de enunciados claros y definidos. Cada uno de estos
enunciados es verdadero o falso o, si es falso, su negación es verdadera. Por
ello, hay infinitas proposiciones verdaderas y diferentes. Y de ello se sigue
que hay infinitas proposiciones verdaderas que nunca podremos conocer:
infinitas verdades incognoscibles.
Incluso en la actualidad hay muchos filósofos que
piensan que la verdad sólo puede ser significativa para nosotros si la
poseemos; es decir, la conocemos con certeza. Pero el conocimiento de la
existencia de conocimiento por conjetura tiene una gran importancia. Hay
verdades a las que sólo podemos aproximarnos mediante una laboriosa búsqueda.
Nuestra senda se abre paso, casi siempre, por medio del error. Y sin verdad no
puede existir error (y sin error no existe falibilidad).
Capítulo
IV
Algunas de las ideas que acabo de describir me
resultaban más o menos claras, incluso antes de leer los fragmentos de
Jenófanes; quizás de otro modo no las habría entendido. Gracias a Einstein
comprendí claramente que nuestro mejor conocimiento es conocimiento por
conjetura, que es un entramado de conjeturas.
Fue Einstein quien señaló que la teoría newtoniana
de la gravitación –al igual que la suya propia— es conocimiento por conjetura,
a pesar de su inmenso éxito; y, al igual que la teoría de Newton, la propia
teoría de Einstein parece ser sólo una aproximación a la verdad.
No creo que la significación del conocimiento por
conjetura me hubiese quedado clara nunca sin la obra de Newton y Einstein; y me
pregunté entonces cómo pudo haber estado claro para Jenófanes hace 2.500 años.
Quizá la respuesta sea que Jenófanes empezó aceptando la imagen del universo de
Homero, igual que yo acepté la imagen del universo de Newton. Posteriormente,
tanto él como yo pusimos en cuestión nuestras respectivas creencias iniciales:
él mediante su propia crítica de Homero, y yo mediante la crítica de Newton por
Einstein. Al igual que Einstein, Jenófanes sustituyó por otra la imagen del
universo objeto de crítica; y ambos fueron conscientes de que su imagen del
universo era simplemente conjetura.
La constatación de que Jenófanes había adelantado
mi teoría del conocimiento por conjetura 2.500 años antes me enseñó a ser
modesto. Pero también la idea de modestia intelectual fue anticipada casi otro
tanto. Procede de Sócrates.
Sócrates fue el segundo fundador, y mucho más
influyente, de la tradición escéptica. Fue él quien enseñó que sólo es sabio
aquel que sabe que no lo es.
Sócrates y, hacia la misma época Demócrito,
hicieron el mismo descubrimiento ético de forma independiente. Ambos dijeron,
en palabras muy parecidas, que «es mejor padecer la injusticia que cometerla».
Puede decirse que esta idea —al menos si se une al
conocimiento de lo poco que sabemos— conduce, como mucho más tarde enseñó
Voltaire, a la tolerancia.
Capítulo
V
Vuelvo ahora a la significación actual de esta
filosofía autocrítica del
conocimiento.
En primer lugar, hemos de examinar la siguiente
objeción importante. Es verdad –diría alguien— que Jenófanes, Demócrito y
Sócrates no sabían nada; y en realidad fue sensato su reconocimiento de
ignorancia; y quizás aún más sensato que adoptasen la actitud de indagar o
perseguir el conocimiento.
Nosotros –o, más exactamente, nuestros
científicos– seguimos siendo buscadores, investigadores. Pero en la actualidad,
los científicos no sólo buscan sino que encuentran. Y es mucho lo que han
hallado; tanto, que el volumen mismo de nuestro conocimiento científico se ha
vuelto problemático. Por ello, ¿es correcto seguir basando con sinceridad
nuestra filosofía del conocimiento en la tesis socrática de la falta de
conocimiento?
La objeción es correcta, pero sólo a la luz de
cuatro puntos adicionales muy importantes.
En primer lugar, cuando se afirma que es mucho lo
que conoce la ciencia, esto es correcto, pero aquí se utiliza el término
«conocimiento», aparentemente de manera inconsciente, en un sentido totalmente
diferente al de Jenófanes y Sócrates, y también del sentido del término
«conocimiento» en el uso cotidiano actual. Pues solemos entender por «conocimiento»,
«conocimiento cierto». Si alguien afirma «Sé que hoy es martes pero no estoy
seguro de que hoy sea martes», se está contradiciendo, o negando en la segunda
parte de su afirmación lo que está afirmando en la primera parte.
Pero nuestro conocimiento científico no es aún
conocimiento cierto.
Está sujeto a revisión. Consta de conjeturas
contrastables, de hipótesis a lo sumo, de conjeturas que se han sometido a las
pruebas más estrictas pero que, con todo, siguen siendo sólo conjeturas. Éste
es el primer punto, y constituye en sí una completa justificación del énfasis
de Sócrates en nuestra falta de conocimiento, y del comentario de Jenófanes de
que, aún cuando hablamos de verdad perfecta, no podemos saber que es verdadero
lo que hemos dicho.
El segundo punto, que hay que añadir a la objeción
de que actualmente sabemos tantas cosas, es éste: con casi todo nuevo logro
científico, con cada solución hipotética de un problema científico, aumenta
tanto el número de problemas sin resolver como su grado de dificultad. De
hecho, los problemas aumentan más rápidamente que las soluciones. Puede decirse
que, mientras que nuestro conocimiento hipotético es finito, nuestra ignorancia
es infinita. Y no sólo eso: para el verdadero científico con sensibilidad a los
problemas no resueltos, el mundo se está volviendo cada vez más, en sentido muy
concreto, un enigma.
Mi tercer punto es que cuando decimos que hoy
sabemos más de lo que supieron Jenófanes o Sócrates, probablemente es
incorrecto si interpretamos «saber» en sentido subjetivo. Presumiblemente,
ninguno de nosotros sabe más; simplemente sabemos cosas diferentes. Hemos
sustituido unas teorías, hipótesis y conjeturas particulares por otras; sin
duda, en la mayoría de los casos, por otras mejores: mejores en el sentido de
constituir una mejor aproximación a la verdad.
Podemos denominar al contenido de estas teorías,
hipótesis y conjeturas, conocimiento en sentido objetivo, frente al
conocimiento subjetivo o personal. Por ejemplo, el contenido de una
enciclopedia de física es conocimiento impersonal u objetivo –y, por supuesto,
hipotético— supera lo que puede conocer el físico más erudito. Lo que sabe un
físico –o, más exactamente, lo que conjetura— puede denominarse su conocimiento
personal o subjetivo. Ambos –el conocimiento impersonal y el conocimiento
personal- son principalmente hipotéticos y susceptibles de mejora. Pero no sólo
el conocimiento impersonal u objetivo actual va más allá del conocimiento
personal de cualquier ser humano, sino que avanza tan rápidamente que el
conocimiento personal o subjetivo sólo puede estar en sintonía con él en
pequeños ámbitos y durante cortos períodos de tiempo, viéndose constantemente
desfasado en lo esencial.
Ésta es la cuarta razón por la que Sócrates sigue
teniendo razón. Pues
este conocimiento desfasado consiste en teorías
que han resultado falsas. El conocimiento desfasado no es conocimiento, al
menos no en el sentido habitual de la palabra.
Capítulo
VI
Tenemos así cuatro razones que muestran incluso
hoy que la idea socrática de que «sé que no sé nada, y apenas esto», sigue
siendo muy relevante –quizás más que en la época de Sócrates. Y tenemos buenas
razones para deducir de esta idea, en aras de la tolerancia, las consecuencias
éticas que dedujeron de ella Erasmo, Montaigne, Voltaire y, posteriormente,
Lessing. Pero se siguen todavía otras consecuencias.
Los principios que constituyen la base de toda
discusión racional, es decir,
de toda discusión emprendida a la búsqueda de la
verdad, constituyen los principios éticos esenciales. Me gustaría enunciar aquí
tres de estos principios.
1. El principio de falibilidad: quizá yo estoy
equivocado y quizá tú tienes razón. Pero es fácil que ambos estemos
equivocados.
2. El principio de discusión racional: deseamos
intentar sopesar, de forma tan impersonal como sea posible, las razones a favor
y en contra de una teoría: una teoría que es definida y criticable.
3. El principio de aproximación a la verdad: en
una discusión que evite los ataques personales, casi siempre podemos acercarnos
a la verdad. Puede ayudarnos a alcanzar una mejor comprensión; incluso en los
casos en que no alcancemos un acuerdo.
Vale la pena señalar que estos tres principios son
principios tanto
epistemológicos como éticos, pues implican, entre
otras cosas, la tolerancia: si yo espero aprender de ti, y si tú deseas
aprender en interés de la verdad, yo tengo no sólo que tolerarte sino
reconocerte como alguien potencialmente igual. La unidad e igualdad potencial
de todos constituye en cierto modo un requisito previo de nuestra disposición a
discutir racionalmente las cosas. También es aquí importante el principio de
que podemos aprender mucho de una discusión, aún cuando no conduzca al acuerdo.
Una discusión puede ayudarnos a arrojar luz sobre algunos de nuestros errores.
Así, los principios éticos constituyen la base de
la ciencia. La idea de verdad como principio regulador fundamental –el
principio que guía nuestra búsqueda— puede considerarse un principio ético.
La búsqueda de la verdad y la idea de aproximación
a la verdad también son principios éticos; como lo son las ideas de integridad
intelectual y falibilidad, que nos conducen a una actitud de autocrítica y de
tolerancia.
También es importante que podamos aprender en el
ámbito de la ética.
Capítulo
VII
Me gustaría demostrar esto considerando el ejemplo
de una ética para el intelectual, y en especial para las profesiones
intelectuales: una ética para científicos, médicos, abogados, ingenieros y
arquitectos; para funcionarios y, lo que es más importante, para los políticos.
Desearía presentarles algunos principios de una
nueva ética profesional, principios estrechamente vinculados con los conceptos
de tolerancia y honestidad intelectual.
Para este fin, voy a caracterizar primero la
antigua ética profesional, quizá caricaturizando un poco, para compararla con
la nueva ética profesional que voy a proponer.
Tanto la ética profesional antigua como la nueva
se basan, sin duda, en los conceptos de verdad, de racionalidad y de
responsabilidad intelectual. Pero la ética antigua se basaba en la idea de
conocimiento personal y de conocimiento cierto y, por ello, en la idea de
autoridad; mientras que la nueva ética se basa en la idea de conocimiento
objetivo y de conocimiento incierto. Esto supone un cambio fundamental en la
forma de pensar subyacente y, por consiguiente, en la forma de operar las ideas
de verdad, de racionalidad, de honestidad y responsabilidad intelectual.
El ideal antiguo era poseer la verdad –verdad
cierta— y, si era posible, garantizar la verdad por medio de una prueba lógica.
Este ideal, muy aceptado hasta hoy, es la idea de
sabiduría en la persona, el sabio. No de «sabiduría» en el sentido socrático,
por supuesto, sino en el sentido platónico. El sabio que es una autoridad, el
filósofo erudito que reclama poder, el filósofo-rey.
El viejo imperativo de los intelectuales es: ¡sé
una autoridad!, ¡conoce todo en tu especialidad!
Tan pronto se le reconoce a uno como autoridad, su
autoridad estará protegida por sus colegas; y uno debe a su vez proteger la
autoridad de sus colegas.
La antigua ética que estoy presentando no deja
lugar al error. Sencillamente no se toleran los errores. Por consiguiente, no
han de reconocerse los errores. No tengo que subrayar que esta antigua ética
profesional es intolerante. Además, siempre ha sido intelectualmente
deshonesta: conduce (especialmente en medicina y en política) al encubrimiento
de los errores con el fin de proteger a la autoridad.
Capítulo
VIII
Ésta es la razón por la que sugiero la necesidad
de una nueva ética profesional, principal, pero no exclusivamente, para los
científicos. Sugiero que se base en los doce principios siguientes, con los
cuales cerraré la conferencia.
1. Nuestro conocimiento objetivo por conjetura va
cada vez más allá de lo que puede dominar cualquier persona individual.
Sencillamente por eso no puede haber «autoridades». Esto vale también en
materias especializadas.
2. Es imposible evitar todos los errores, o
incluso todos aquellos errores que son, en sí, evitables. Todos los científicos
cometen continuamente errores. Hay que revisar la vieja idea de que se pueden
evitar los errores y de que por lo tanto es un deber evitarlos: es una idea
errónea.
3. Por supuesto, sigue siendo nuestro deber evitar
en lo posible todos los errores. Pero dado precisamente que podemos evitarlos,
debemos siempre tener presente lo difícil que es evitarlos y que nadie lo
consigue por completo.
No lo consiguen siquiera los científicos más
creativos guiados por la intuición: la intuición puede equivocarnos.
4. Los errores pueden estar ocultos incluso en
aquellas teorías que están bien confirmadas; y es tarea específica del
científico buscar estos errores. La observación de que una teoría o técnica
bien confirmada que se ha utilizado con éxito es errónea puede constituir un
descubrimiento importante.
5. Por ello hemos de revisar nuestra actitud hacia
los errores. Es aquí donde debe comenzar nuestra reforma ética práctica. Pues
la actitud de la antigua ética profesional lleva a encubrir nuestros errores, a
mantenerlos en secreto y a olvidarlos tan pronto como sea posible.
6. El nuevo principio básico es que para aprender
a evitar los errores debemos aprender de nuestros errores. Por ello encubrir
los errores constituye el mayor pecado intelectual.
7. Hemos de estar constantemente a la búsqueda de
errores. Cuando los encontramos debemos estar seguros de recordarlos; debemos
nalizarlos minuciosamente para llegar al fondo de las cosas.
8. Mantener una actitud autocrítica y de
integridad personal se convierte así en una obligación.
9. Como debemos aprender de nuestros errores,
también debemos aprender a aceptar, y a aceptar con gratitud, cuando otras
personas llaman nuestra atención sobre nuestros errores. En cambio, cuando
somos nosotros los que llamamos la atención sobre los errores de los demás,
hemos de recordar que nosotros mismos hemos cometido errores similares. Y hemos
de recordar que los mayores científicos han cometido errores. Sin duda no
quiero decir que normalmente sean perdonables nuestros errores: nunca hemos de
relajar nuestra atención. Pero es humanamente imposible evitar una y otra vez
los errores.
10. Debemos tener muy claro que necesitamos a los
demás para descubrir y corregir nuestros errores (igual que éstos nos necesitan
a nosotros); especialmente a aquellas personas que se han formado en un entorno
diferente. También esto favorece la tolerancia.
11. Hemos de aprender que la mejor crítica es la
autocrítica; pero que es necesaria la crítica de los demás. Es casi tan buena
como la autocrítica.
12. La crítica racional debe ser siempre
específica. Debe aportar razones concretas por las cuales enunciados o
hipótesis específicas parecen ser falsos, o determinados argumentos poco
válidos. Debe estar guiada por la idea de aproximación gradual a la verdad
objetiva. En este sentido, debe ser impersonal.
Les pido que sigan estas sugerencias. Pretenden
demostrar que también en el ámbito de la ética, se puede formular sugerencias
que están sujetas a discusión y mejora.
TRABAJO PRACTICO N° 1
EL TRABAJO PRÁCTICO CONSISTE EN LA LECTURA Y ANALISIS DEL TEXTO TOLERANCIA Y RESPONSABILIDAD INTELECTUAL de KARL POPPER Y EN RESPONDER, DE MANERA INDIVIDUAL, EL CUESTIONARIO QUE SE ADJUNTA.
CUESTIONARIO PARA EL ANÁLISIS
1. RELACIONE RELATIVISMO, PLURALISMO Y VERDAD.
2. ¿POR QUE EL RELATIVISMO CONDUCIRIA A LA VIOLENCIA?
3. ¿ESTÁ UD. DE ACUERDO?. ¿POR QUÉ?
4. RELACIONE VERDAD, CERTEZA Y CONOCIMIENTO POR CONJETURA PROPONGA UN EJEMPLO.-
5. ¿EN QUE SENTIDO LA IDEA SOCRATICA DE CONOCIMIENTO TIENE VIGENCIA EN LA ACTUALIDAD? ¿POR QUÉ?
6. ¿CÓMO SE VINCULA ÉTICA Y CIENCIA A TRAVÉS DE LA TOLERANCIA?
7. COMPARE Y ANALICE CRÍTICAMENTE LA ANTIGUA Y LA NUEVA ÉTICA PROFESIONAL.-